Hablar para ser escuchado.


En “cuestionar para progresar” comentaba la importancia del escepticismo no sólo en la ciencia, sino en nuestra vida en general. También me preguntaba por qué la sociedad no se acerca más a la ciencia. ¿Es de verdad tan difícil entenderla? Como estudiante de estas áreas, a mi no me parece particularmente complicada. Por supuesto, esta visión está sesgada porque juzgo desde adentro. Me hace falta dar la vuelta al problema, pararme a unos metros de distancia y vislumbrar de nueva cuenta esa brecha que separa al argot científico del vox populi.

Los misterios que subyacen al mundo y sus procesos son tan exquisitamente lógicos que incitan a su dominio. En la Biblia misma, para aquellos que profesan el cristianismo, Jesús enseña: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Esta aseveración respecto a la verdad espiritual, subjetiva y relativa, aplica perfectamente para la búsqueda de una verdad científica, objetiva y comprobable. Y  conocerás la verdad. Y la verdad te hará libre. “¿Libres de qué? -preguntaban los judíos- nunca hemos sido esclavos de nadie“. Parafraseando a Jesús:  aquel que vive en la ignorancia, esclavo es de la ignorancia.

¿A qué se debe, pues, la permanencia voluntaria en calidad de esclavos? Más allá de culpar a la televisión por su programación basura, o a nuestro sistema educativo, formador de autómatas y no de seres racionales, quiero incidir sobre la responsabilidad de los científicos mismos en mantener esta brecha. Si bien es cierto que la comunidad científica propicia la discusión y la crítica para el fortalecimiento y avance de nuestro conocimiento, también es cierto que durante mucho tiempo nos hemos segregado hacia un diminuto círculo en el que la ciudadanía sólo puede vernos desde lejos. Aún más, nuestro vocabulario se pierde en tecnicismos y se vuelve por momentos impenetrable para personas ajenas. La generación de este vocabulario técnico y especializado es necesaria para la comunicación con pares, pero cuando el científico hace de ese vocabulario técnico su vocabulario cotidiano, es entonces cuando se levanta la muralla entre el creador del conocimiento y el público que necesita ese conocimiento.

La interacción entre la ciencia y la sociedad debe ser bidireccional. La ciencia proporciona el conocimiento, que a través de la tecnología, puede ser aplicado para el progreso intelectual o cultural y el mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos. Al mismo tiempo, la sociedad provee a través de sus organismos gubernamentales de la mayor parte del financiamiento que reciben los laboratorios (no comerciales) para el desarrollo de la investigación. Esta interacción es una simbiosis. Tanto la sociedad como el gremio científico obtienen y generan beneficios de y para su contraparte. Y como en toda simbiosis, una comunicación eficiente entre ambas partes mantiene una interacción sana y provechosa.

Los peligros del ensimismamiento científico son graves y sus consecuencias son devastadoras. Por un lado, se limita el crecimiento de la comunidad científica: al comportarse como una comunidad discreta, pocos son los afortunados que encuentran el camino para llegar a ser parte de este grupo; por el otro, se priva a las personas, de manera despiadada, de las satisfacciones que concede el infinitesimal pero maravilloso entendimiento que permite una apreciación objetiva de nuestro Universo.

El problema de la comunicación entre el científico y la sociedad no debe tomarse con la ligereza de un problema menor. En México, la inversión en los rubros de ciencia y tecnología es de apenas el 0.4% del PIB, mientras que en países como Japón esta inversión alcanza el 3%. Y no es que los políticos no necesiten ciencia, es que no la entienden. Es hora de hablar de cómo con una educación mediana se pueden desenmascarar fraudes como el del GT-200 (sí, los mágicos detectores moleculares) o la asignación de presupuesto federal a proyectos de investigación como el de la “fotosíntesis humana”.  Es hora de hacerles ver que aquí, en México, se puede hacer investigación de calidad en medicina, en astrofísica, en los distintos campos de las matemáticas y de la biología. Pero por mucho que se diga de las publicaciones en revistas especializadas de alto impacto, ésto no tendrán relevancia si no se explica de manera clara y sencilla. No se puede exigir un mayor presupuesto para líneas de investigación que parecen crípticas y oscuras. Por ello es que el dinero se destina a fraudes como los referidos, porque con la selección de palabras adecuadas e incidiendo en los beneficios del producto para el consumidor, se asegura la compra. Entiéndaseme bien: no pretendo convertir al científico en merolico de mercado, pero nos urgen voceros. Tenemos dos alternativas: o empezamos por convertirnos nosotros mismos en predicadores de la ciencia (y también se vale el uso de parábolas a la Jesus-style) o le damos la importancia que se merece a los divulgadores y pensamos en la divulgación científica como disciplina profesional.

En México se realizan esfuerzos enormes para popularizar a la ciencia. Ejemplos destacados son la Dirección General de Divulgación de la Ciencia, de la UNAM, y la SOMEDICYT (Sociedad mexicana para la divulgación de la ciencia y la tecnología). Por supuesto, también existen distinguidos investigadores que a cuenta propia asumen la obligación de hacer accesible la ciencia para el resto de la ciudadanía. Los nombres son muchos, pero aún insuficientes. Y el asunto se torna más espeluznante si consideramos que en México la educación promedio es de 8.5 años. Es decir, ¡los esfuerzos dedicados a la popularización de la ciencia deben pensarse sabiendo que el mexicano promedio tiene una secundaria trunca! Esta deficiencia educativa enfatiza aún más la brecha que separa a la ciencia del pueblo, pero no debe inmovilizarnos, al contrario, debe resultar motivación y aliciente para encarar nuestra responsabilidad de “evangelizar” con la ciencia. El camino es largo, la cuesta es escarpada, pero a la cima del Everest no se llega en dos pasos.

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Acerca de RodAG_

Casado con la ciencia (pero tengo un affair con las artes). Apuesta: eLearning, Open Access/Source. Sharing is caring. @RodAG_ en twitter.
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2 respuestas a Hablar para ser escuchado.

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