La bestia


De nueva cuenta cayó la noche. Y también calló la noche. Calló la noche mientras caía el sol. Cayó la noche mientras callaban todos. El silenció de la luz escapando en el horizonte trajo consigo el silencio de las viviendas cerradas. El silencio de las viviendas cerradas, que era a la vez un rezo y un susurro, trajo un frío insoportable que calaba hasta los huesos.

Las ventanas cerradas. Las persianas abajo. Como si quisieran dejar afuera a la oscuridad creciente. O tal vez al frío. Al frío que escarchaba el aliento sobre los labios. Al frío que torturaba las narices hiriéndolas como un colmillo viperino.

Esa noche me contaron la historia por primera vez:

“Es una bestia” dijo el hombre aún sobrio mientras bebía su cuarta cerveza. “Un engendro infernal que recorre todas las noches el pueblo. Nadie sabe qué es lo que busca, o en dónde planea encontrarlo. Pero todas las noches se escuchan sus pisadas deambulando por las calles. El azote de su cuerpo pesado estremeciendo el suelo es inconfundible. Apenas se escapa el último rayo del sol y empieza el frío. No, no es el frío de la noche. Es el frío del alma escapando del cuerpo. Aun cuando no se le vea, la presencia de la bestia arrebata el calor de los vivos. Estremece. Atemoriza hasta las lágrimas. Pero las lágrimas, congeladas, nunca se derraman. Todo se detiene ante el paso de la bestia. Incluso los gritos se congelan. ¿Qué busca? Nadie lo sabe. Pero cada noche es puntual. Ya no sabemos si la bestia sucede al último rayo del sol, o si el sol se va también por temor a la bestia…” Pregunté si había alguien herido, o muerto quizá, por causa de la bestia. Dijeron que no. Nadie ha tenido un encuentro cara a cara con ella. Nadie le conoce, y sin embargo, todos le temen.

Es un pueblo extraño. Todos hablan con la cautela de la desconfianza. El hombre siguió su relato:

“Infunde temor en este pueblo desde que yo era pequeño. Recuerdo que todas las noches, mis hermanos y yo, sentíamos la muerte visitarnos al escuchar los pasos de la bestia. Se escuchaban cada vez más cerca. Se escuchaban cada vez más fuertes. Y sus uñas rasgando las casas, queriendo abrir las ventanas y las puertas de madera. El miedo no nos dejaba dormir. Incluso cuando las pisadas se alejaban de nosotros, el miedo nos invadía. Se alejaba de nuestra casa, pero se acercaba a la de nuestros familiares, de nuestros amigos. Y nuestra madre intentaba abrazarnos con sus brazos helados para infundir confianza. Silbaba una canción. O eso parecía, porque sólo veíamos sus labios adoptar la forma de un silbido, aunque ningún silbido llegaba a nuestros oídos”.

El sol estaba por ocultarse y la taberna poco a poco se quedaba vacía. Finalmente, también mi narrador pagó su cuenta y se retiró. Ni siquiera supe su nombre. El cantinero me apresuró a terminar mi cerveza y pagar lo consumido, pero la prisa por cerrar y llegar a su casa lo obligó a echarme del lugar y desearme buena suerte.

¿Y yo? ¿Qué haría en medio de las calles sin un lugar en dónde guarecerme? Caminé torpemente esperando encontrar un refugio. Para entonces, me di cuenta que el sol ya no se distinguía por el horizonte. Mis sentidos se encendieron. Mi piel hizo respingar todos y cada uno de los vellos de mi cuerpo. Sentí el miedo invadirme. Supe que el pánico pronto llegaría. Caminé sin rumbo. Traté de parecer calmado. Escuchaba mis pisadas sobre el suelo. Escuchaba el eco de mis pasos retumbar en las paredes. Pronto distinguí otros pasos. Más pesados y más lentos que los míos. No puedo explicar el terror que me invadió en ese momento. Me acerqué al pórtico de una casa. Me encogí lo más que pude. No sé si para conservar el calor o para intentar ocultarme de la bestia. Quizá ambas cosas.

Escuché los pasos cada vez más cerca. Pronto sentí también el temblor de la tierra ante cada pisada. Mi corazón se aceleró hasta ritmos insospechados. Tuve miedo de que mis latidos delataran mi posición. Cuando tuve la certeza de que la bestia estaba frente a mí, no pude resistirlo: sostuve la respiración y miré a la bestia. Entonces brotaron todas las lágrimas que me había guardado desde la infancia. La bestia no era tal. Era un hombre. Un hombre ciego. Caminaba por el pueblo con un ritmo lento como la melancolía. Su ropa harapienta se arrastraba y lamía la tierra mientras avanzaba. Sus manos, que para él eran también su guía, intentaban orientarse palpando las ventanas y las puertas. Iba encorvado. Llevaba el peso de muchos años cargando sobre su espalda. Avanzaba lento. Su respiración, más lenta aún, a veces emitía una especie de gruñido. Me acerqué a él y entonces lo supe. El frío que sentía no era el frío de la muerte, era el frío de la tristeza. La tristeza es comparable a la falta de vida. Caminé detrás de él y seguí su recorrido hasta la última casa. Me llené de angustia al ver sus manos, heridas y sucias, acariciar cada pórtico y cada umbral de las ventanas. Sus pies estaban cansados. Barrancos recorrían sus talones y sus venas semejaban montañas en la geografía de su empeine. Escuché un susurro. Tuve que acercarme para escucharle mejor, pero no volvió a hablar hasta que estuvo frente a la última casa del pueblo. Al estar frente al hogar que marcaba el final del camino, lo escuché mejor: “Agua”, pedía.

Entonces lo tomé de la mano y lo encaminé al río. Se sentó sobre una piedra mientras le acercaba el agua a los labios. Y estando allí, en medio de la noche, me contó su historia.

“Hace muchos siglos este era un pueblo libre” me dijo. “Pero llegaron unos hombres a conquistar estas tierras. Trajeron con ellos la maravilla del acero y animales desconocidos para nosotros. Pronto convencieron a los nativos con ideas superfluas de dioses ajenos que castigan las dudas. De dioses tiranos que aborrecen a las mentes pensantes. Muchos años pasaron y el régimen se impuso. Nadie puede pensar más allá de lo escrito por los ancestros. Nadie debe dudar de las letras antiguas. Entonces nací yo entre este pueblo. Cuando crecí, las maravillas del mundo me obligaron a cuestionar el origen de todo. A escudriñar la lógica escondida detrás de las cosas. La alegría que te embarga al descubrir los secretos de la naturaleza es tan grande que sientes la necesidad de compartirla. Y eso hice. Empecé a hablar con todos sobre mis observaciones. Entonces germinó una idea: ¿y si la vida no es un misterio y puede ser estudiada? ¿y si no son los dioses, sino algo más simple y más real lo que nos regala la vida? Con esa idea llegó la desgracia. Vinieron los hombres a verme y encadenaron mis manos. Me arrastraron por las calles y me llevaron al centro del pueblo. Allí, en recompensa por mi atrevimiento, me sacaron los ojos con dos hierros calientes”.

Esa noche conocí a un sabio. Fue una pena verlo morir ante mí, en aquel río. A la mañana siguiente regresé al pueblo. Tenía que hablarles a los jóvenes sobre la bestia. A los niños, que no sabían la historia más que por el miedo que les infundían sus padres. Esa mañana también conocí otra clase de miedo. El miedo a la verdad. El miedo que obliga a los hombres a matarse unos a otros defendiendo mentiras. Quise hablar con ellos sobre la historia que recién había escuchado de labios de la bestia. Pero no, los oídos se cerraron en todos los habitantes del pueblo, como las persianas y las ventanas cuando caía la noche.

Esa tarde me apresaron y laceraron mis espaldas. Están tan habituados a la oscuridad de los prejuicios, que encender la luz de la razón los deja ciegos. En castigo por mostrarles esa luz, ellos me dejaron ciego también. Igual que a la bestia, sacaron mis ojos con barras de hierro recién fundido.

Esa es la historia.

Así conocí a la bestia. Y así me conociste a mi, paseando entre el pueblo, acariciando las ventanas y las puertas de madera en espera de alguien que escuche. Pero nadie lo hace. Los jóvenes, porque los viejos les han infundido temores siniestros. Los viejos, porque la falta de pensamiento es de una comodidad inigualable: no existe la angustia de verte solo en el universo. No existe la carga de actuar por cuenta propia. No tener a nadie que te ame a pesar de tus errores y perdone todos tus pecados impone una responsabilidad apabullante.

He pasado cincuenta años caminando ciego entre el pueblo para compartir esta historia. Es hora de partir. Es hora. Pero te quedas tú. Lamento haberte convertido en la nueva bestia. Cuida tus ojos. Cuida tus pasos. Y sobre todo, cuida la luz que acaba de serte concedida. Y recuerda: Ellos están tan habituados a su oscuridad, que mostrarles la luz es dejarlos ciegos. Debo partir. Es hora. Ya es hora.

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Acerca de RodAG_

Casado con la ciencia (pero tengo un affair con las artes). Apuesta: eLearning, Open Access/Source. Sharing is caring. @RodAG_ en twitter.
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